Fertilidad en las Antiguas Civilizaciones. 1ª parte.

Una de las primeras y principales creaciones culturales del Homo Sapiens la constituye el culto a las Magna mater o Diosas madre, extendido desde hace más de 30.000 años desde Mesopotamia hasta el Atlántico.

Una idea fruto del desconocimiento más absoluto del papel del varón en la reproducción, y de la preocupación colectiva por la fertilidad, entendida como un don innato y exclusivo de la mujer que la unía directamente con las fuerzas telúricas.

En estas culturas, el varón era un simple observador sin jugar prácticamente ningún papel en la reproducción, y se le atribuía a la mujer el origen de cualquier tipo de infertilidad. Por ello, en la antigua Mesopotamia, al varón le era permitido adquirir una segunda mujer cuando la primera era estéril. De igual forma, si la mujer era infértil, su marido podía dejar en cinta a una esclava de su esposa y el bebé pasaría automáticamente a ser propiedad de la mujer estéril.

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Aún sin saber los mecanismos que regían la reproducción humana, la fertilidad como garante de la supervivencia del grupo, ha sido siempre objeto de devoción como se demuestra en las múltiples diosas que la encarnaban a través de las distintas civilizaciones. Y es que la infertilidad ha constituido siempre un gran problema social y médico ya que se ha vivido a lo largo de la historia como una amenaza para la supervivencia.

Diosas de la fertilidad

Astarté era la diosa del amor y la fertilidad en la antigua Mesopotamia, que pasó a los fenicios, a los sumerios como Inanna, a los acadios como Ishtar y a los israelitas como Astaror. En la Anatolia central y mediterránea (actual Turquía), las mujeres tenían unas danzas rituales para honrar los poderes mágicos que le otorgaban el don de la procreación mediante danzas de la fertilidad basadas en la rotación de las caderas y el vientre, algunas de las cuales se ejecutaban en honor a las diosas.

En la isla de Chipre, las mujeres realizaban danzas rituales eróticas acompañadas de cantos y percusión mediante los cuales alcanzaban el estado de trance, lo que les permitía entrar en contacto con la diosa y que ésta le transmitiera su poder.

Ritos muy similares tenían lugar en Mesopotamia, Fenicia, Egipto, Arabia e India, donde se realizaban ceremonias en las que también se bailaba y cantaba y, en algunas de ellas, las mujeres se ofrecían a los hombres en honor a la diosa. El propósito de estas ceremonias era traer el poder de la diosa a la tierra y favorecer así la fertilidad.

Las antiguas diosas de la fertilidad representaban el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la fertilidad, así como la exaltación del amor y de los placeres carnales. La representación de esta diosa es profusa en numerosos objetos ornamentales, lo cual denotaba la gran devoción de las gentes en la antigüedad; pero se la solía representar desnuda, con grandes senos y abdomen prominente, remarcando su papel en la producción de descendencia.

Todas las diosas madres, símbolos de la fertilidad están indefectiblemente unidas a la madre tierra de donde también brotaba vida y alimentos gracias a ella. Hay una gran cantidad de ejemplos en las culturas antiguas de adoración a estas diosas madres.

VenusdeWillendorf

Quizás la representación más antigua que se conserva de una de estas diosas de la fertilidad es la Venus paleolítica de Willendorf, aparecida a orillas del Danubio, en Austria. Se trata de una estatuilla con forma de mujer datada entre 20.000 y 22.000 años antes de Cristo. Es una figura de una mujer desnuda de poco más de 11 cm. de altura tallada en piedra caliza y tintada en rojo ocre. La figura presenta un abdomen, vulva, nalgas y mamas extremadamente voluminosas, con los brazos muy delgados, casi imperceptibles, y cruzados sobre los pechos; por todo ello se ha deducido una fuerte relación con el concepto de fertilidad.

En la civilización hebrea, por ejemplo, predominaba la noción del pecado original. Las mujeres tenían pocos derechos y libertades, y podían ser repudiadas por los varones. La infertilidad se consideraba todavía un castigo divino y se atribuía siempre a la mujer; la infertilidad masculina no era reconocida. El embarazo, en cambio, se consideraba un regalo de Dios.

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