Fertilidad en las Antiguas Civilizaciones. 2ª parte

Ya en el Neolítico, 7.000 años antes de Cristo, con la llegada del sedentarismo, el cambio de una sociedad nómada cazadora a otra agricultora y la domesticación de animales por parte del hombre, abrió las puertas al descubrimiento de la reproducción sexual y el papel del varón dentro de ella.

Pero esto no supuso acabar con la confusión entre el papel de la hembra en la reproducción animal y el de la tierra en la vegetal. Así, en el nuevo esquema, el varón tomaba el papel del agricultor que depositaba las semillas en el terreno fértil de la hembra.

El principio masculino de la fertilidad también tuvo su representación en la prehistoria, apareciendo mayoritariamente en forma de figuras masculinas con el sexo en erección o como grandes esculturas de falos y demás elementos también fálicos.

De hecho, en el siglo IV a.C., en la antigua Grecia, existía una fórmula protocolaria para los desposorios que decía así:
“Te doy a labrar mi hija para procrear hijos legítimos.”

Este fue un modelo recogido en el folklore y la legislación grecolatina y en numerosos ejemplos de la literatura médica y filosófica, especialmente prearistotélica; y que, en cierto modo, pervive todavía en el acervo cultural, a veces inconsciente, en la actualidad.

En este sentido, Esquilo, poeta y dramaturgo griego del siglo V a.C. escribía lo siguiente en su obra Eumérides: “La que es llamada madre, no es madre de su progenie, sino nodriza del recién implantado embrión. El varón engendra, la mujer, una extraña, guarda al hijo extraño.”

100 años más tarde, el filósofo, también griego, Platón, escribiría en su obra Diálogos: “La mujer en su concepción y generación es solo imitación de la tierra y no es la tierra la que imita a la mujer”.

Modelo de reproducción humana

El modelo agrícola de la reproducción humana nace en los fértiles valles de Mesopotamia y Egipto. A partir de aquí, igual que la fertilidad de la tierra se asoció a la humedad proporcionada por las constantes crecidas de ríos como el Nilo, el Tigris o el Éufrates unidas al ciclo solar anual, la fertilidad de la mujer se unirá inexorablemente a la humedad de sus periódicos flujos de sangre unidos, en este caso, al ciclo lunar de carácter mensual.

Con estas observaciones y del mismo modo que la siembra en Egipto se realiza inmediatamente tras la crecida del río Nilo proporcionada por el Dios Haiti, que de julio a octubre enriquece las tierras de su ribera, se consideró que el período más fértil y propicio para la siembra de la mujer tendría lugar inmediatamente después de sus reglas.

De este modo, nace desde un primer momento el concepto de fertilidad en la mujer imbricado sin solución de continuidad con la normalidad y abundancia de sus reglas. Así pues, si el sangrado de la mujer era mensual y abundante, la fertilidad estaba asegurada y la semilla del varón germinaría sin problemas en su seno. Por el contrario, si las reglas eran escasas, tal posibilidad se vería seriamente mermada. Y de igual manera, si no existiese sangrado alguno, tampoco habría posibilidad alguna de conseguir el embarazo. Y no por extrañas teorías de anovulación sino, simplemente, porque la matriz estaría seca.

El poso cultural de esta importancia dado por los egipcios a la regularidad y abundancia de las reglas es evidente todavía en la actualidad en el frecuente rechazo de las usuarias de anticonceptivos hormonales a la reducción del volumen de sus sangrados. Especialmente, en aquellas pautas que suponen una suspensión de la regla prolongada.

Este rechazo es mucho mayor en nuestro ámbito mediterráneo que en el mundo anglosajón y en el que subyace todavía el temor a que acabe secándose la matriz.

La infertilidad, por lo tanto, iba indefectiblemente unida a la ausencia de reglas. Una de las dos explicaciones más usadas en la antigüedad para la amenorrea o ausencia de reglas era un agotamiento por falta de nutriente, asociando hábilmente amenorrea y desnutrición.

El paradigma de esta explicación en la Europa tardomedieval lo constituiría el caso de la Santa Librada, considerada además, abogada de los casos de esterilidad. La Santa librada fue una virgen mártir de Portugal también conocida como la santa anoréxica, una joven que dejó de comer porque no quería casarse ni romper su voto de castidad. Sus uñas se empezaron a romper y su rostro y cuerpo se llenó de vello, síntoma del desequilibrio hormonal causado por una desnutrición extrema, evidentemente, también le desapareció la regla provocando su esterilidad.

La otra explicación, especialmente aplicable a mujeres orondas y bien nutridas, solía ser una obstrucción a la salida del flujo. El diagnóstico de tales obstrucciones estuvo bien extendido tanto en el mundo egipcio como en el grecolatino y el medievo árabe y europeo: la colocación de plantas aromáticas o especies, bien en el interior de la vagina o bien en sahumerio bajo unas amplias faldas, debería permitir la percepción o el sabor a través de los conductos internos de la mujer, si éstos no estaban obstruidos.

Tales obstrucciones se atribuían a nivel de cérvix o del himen. Las primeras hicieron que hasta relativamente escasas décadas la dilatación cervical fuera uno de los principales tratamientos de la esterilidad.

Junto a la falta de sangrado menstrual, el otro signo delatador de una obstrucción cervical era la salida del semen unas horas después del coito, una preocupación todavía hoy bastante extendida. Cuando esta salida del semen se daba en mujeres con reglas normales, la explicación estaba en una desviación de la matriz de su posición normal y el tratamiento consistía en manipulaciones, colocación de pequeños pesos en el interior de la vagina o de sahumerios con plantas aromáticas que ayudasen a reestablecer su posición correcta.

Las interpretaciones antiguas sobre obstrucciones a nivel vulvar resultan más curiosas hoy en día. Aunque la amenorrea por imperforación del himen es un hecho factible, la consideración de la época fue que ésta era la norma.

Un comentario

  1. usuario
    alande2

    Me gusta la metáfora de la reproducción humana y la reproducción de la tierra y la similitud de la mujer con tierra en cuanto a fertilidad, fecundidad y posibilidad de procreación y continuidad de especie.

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