Llevo tiempo leyendo experiencias de otras mujeres en foros de reproducción asistida y hoy me he decidido a contar la nuestra. En parte porque necesito desahogarme y en parte porque me gustaría encontrar a alguien que haya pasado por una situación similar. No sé muy bien por dónde empezar, pero necesito sacar todo lo que llevo dentro y creo que aquí muchas podréis entenderme, porque sabéis lo duro que puede llegar a ser el camino de la reproducción asistida. Tengo 38 años y mi pareja 34, llevamos más de un año luchando por conseguir nuestro sueño de ser padres. Este año ha sido, sin ninguna duda, uno de los más duros de mi vida. Cuando comenzamos con todo esto, sabíamos que la reproducción asistida podía ser un camino complicado, pero nunca imaginamos que en apenas unos meses pasaríamos por una estimulación ovárica, dos intervenciones uterinas, un embarazo, la pérdida de nuestro bebé y una cantidad interminable de pruebas médicas. En abril me sometí a mi primera estimulación ovárica con Bemfola. Fue un proceso bastante duro para mí, tanto física como emocionalmente, pero lo afrontamos con muchísima ilusión. Conseguimos 19 folículos y recuperaron 16 ovocitos, de los cuales 11 eran maduros. Finalmente, 6 fecundaron mediante ICSI. Pensábamos que, aunque algunos se detuvieran durante el desarrollo, tendríamos varias oportunidades. Pero fueron pasando los días y las noticias del laboratorio empezaron a empeorar. Los embriones se iban deteniendo y finalmente solo conseguimos un blastocisto de día 5, calidad C. Lloré muchísimo. Me costaba comprender cómo habíamos pasado de una respuesta ovárica aparentemente buena a tener una sola oportunidad. Nos quedamos con muchas preguntas sobre la calidad ovocitaria, el factor masculino, el protocolo de estimulación y si había algo que pudiéramos estudiar o modificar para intentar mejorar los resultados. Pero teníamos un embrión y decidimos confiar en él. Antes de transferir nuestro único embrión cambié de doctora porque la anterior decía que todo estaba bien y achacaba el mal resultado a mi edad, a pesar de tener una AMH de 2,58. La nueva doctora nos confirmó que había sido un mal ciclo de estimulación y en esa misma consulta descubrió un mioma intracavitario que podría ser el culpable de mis reglas dolorosas y del spotting de los últimos meses y por descartar pidió estudio de trombofilias. Resultó que tengo Factor V de Leiden heterocigoto y posible Síndrome Antifosfolípido en estudio. Tuvieron que intervenirme en junio para retirar el mioma intracavitario. La intervención fue bien y, después de recuperarme, comenzamos a preparar el endometrio para la transferencia en ciclo sustituido. El endometrio respondió bien y alcanzó 8,73 mm, con aspecto trilaminar. El 29 de julio realizamos la transferencia con mucho dolor, porque de presionar tanto el ecógrafo contra el vientre tuve un dolor muy fuerte un par de días. No sentí nada, ningún síntoma los siguientes días, aunque el quinto día de repente estaba agotada, con un sueño terrible y migrañas como nunca. El 7 de agosto, nueve días después de la transferencia, llegó nuestra primera beta positiva: 63. La clínica nos dijo que era bajo y que podía ser bioquímico o no evolucionar. Repetimos la beta tres días después y dio 248. Estaba embarazada. Después de tantos meses de pruebas, medicación, consultas, nervios y decepciones, por fin lo habíamos conseguido. Todavía recuerdo la felicidad que sentimos. Era una mezcla de alegría, incredulidad y miedo, porque después de todo lo que habíamos vivido nos costaba creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad. El 18 de agosto, estando de 5 semanas y 4 días, vimos el saco gestacional y el embrión dentro del útero. Por primera vez estábamos viendo a nuestro bebé. Cuando empezábamos a asimilar que el embarazo era real y a permitirnos disfrutar un poquito de aquella felicidad, llegó otro de los grandes sustos de este año. El 25 de agosto, estando embarazada de aproximadamente seis semanas y media, sufrí una hemorragia bastante intensa, en ese momento estaba con tratamiento de innohep 8500, adiro 100, cyclogest 400 3 veces al día y meriestra 2mg dos veces al día. El mismo tratamiento que durante el ciclo sustituido. Os podéis imaginar el miedo que supone empezar a sangrar durante un embarazo tan deseado, después de todo lo que habíamos pasado para conseguir nuestro único blastocisto. En aquellos momentos lo único que podía pensar era que estábamos perdiendo a nuestro bebé. Después de tantos meses de tratamientos, de incertidumbre y de aferrarnos a aquella única oportunidad, sentía que todo podía terminar de un momento a otro. El 28 de agosto tuvimos una nueva ecografía y pudimos ver su corazón latiendo. No os podéis imaginar el alivio que sentimos. Después del miedo que habíamos pasado, volver a verlo allí, con su pequeño corazón latiendo, nos devolvió la esperanza. Una semana después, el 4 de septiembre acudimos a una nueva revisión para escuchar su corazón y tener el alta de la clínica de reproducción, pero su corazón se había detenido. Ese "no hay latido" creo que no se me olvidará nunca. Estaba de ocho semanas. Fue un aborto diferido. Todavía me cuesta escribirlo. Nuestro hijo, al que habíamos deseado tanto, al que habíamos visto en las ecografías y con el que ya imaginábamos toda una vida, ya no estaba. Y no, para nosotros no era simplemente un embrión ni un embarazo que no había salido adelante. Al día siguiente, el 5 de septiembre, me realizaron un legrado. Después del legrado tampoco terminó todo. En una revisión encontraron restos retenidos y el 22 de septiembre tuvieron que realizarme otra histeroscopia. Más pruebas, más hospitales, más incertidumbre. Seguimos esperando el resultado del microarray de los restos del embarazo para intentar comprender qué pudo ocurrir. Mientras tanto, estamos preparando una segunda estimulación, probablemente para noviembre. Nos han planteado cambiar el protocolo y utilizar Pergoveris, además de valorar técnicas de selección espermática como Fertile Chip. Mi pareja se ha realizado también un estudio de fragmentación del ADN espermático y estamos esperando los resultados. Y tengo miedo. Muchísimo miedo. Me aterra volver a someter mi cuerpo a otra estimulación, volver a pasar por una punción, volver a esperar esas llamadas del laboratorio y terminar otra vez con un único blastocisto o, peor todavía, sin ninguno. Pero, al mismo tiempo, cada día que pasa sin comenzar el tratamiento siento que la herida se abre un poquito más. Necesito sentir que avanzamos, que todavía podemos conseguirlo, aunque sé perfectamente que nada nos garantiza que la próxima vez vaya a salir bien. Y a todo esto se suma algo que está terminando de destrozarme emocionalmente: la familia de mi pareja. Actualmente vivimos con sus padres mientras esperamos poder mudarnos a nuestra casa. La convivencia ya era complicada, pero desde que perdimos este embarazo hay situaciones que me están resultando insoportables. Teníamos su ecografía colocada en nuestra habitación. Era uno de los pocos recuerdos físicos que conservábamos de él, una imagen que para nosotros significaba muchísimo. Pues bien, su madre entraba a diario en la habitación y hacía comentarios diciendo que aquello no era un hijo porque no habíamos llegado a tenerlo en brazos, y que tener su ecografía allí era algo morboso. La misma mujer que siendo doctora desde enero nos decía que "ir a FIV es comprar un hijo". Hasta tal punto llegó la situación que terminamos quitando la ecografía para no seguir escuchando aquellos comentarios. ¿Os imagináis tener que retirar la imagen de vuestro bebé de vuestra propia habitación porque alguien no deja de cuestionar vuestro dolor? Todavía me cuesta asimilarlo. Y este fin de semana llegó otra situación que me ha terminado de hundir. El hermano de mi pareja le envió una fotografía de un Clearblue positivo acompañada del mensaje: "Isa tiene COVID". Era su manera de anunciarle que su mujer estaba embarazada por tercera vez. Hace apenas un mes que nosotros perdimos a nuestro hijo y su hermano no había llamado ni una sola vez para preocuparse por nosotros o ver cómo seguíamos. De hecho, cuando le contó mi chico lo que nos había pasado, lo único que dijo fue: "No será por la edad de ella". Y yo ya no puedo más. No es que no quiera que otras personas tengan hijos. Sé que su embarazo no tiene nada que ver con nuestra pérdida y que la vida de los demás continúa. Pero me resulta tremendamente doloroso ver cómo hay parejas que consiguen embarazos aparentemente sin esfuerzo, mientras nosotros llevamos meses de tratamientos, intervenciones y sufrimiento para terminar despidiéndonos de nuestro hijo. Y encima tener que soportar comentarios que minimizan su existencia, bromas para anunciar embarazos y reacciones de incomprensión cuando intentamos explicar cómo nos sentimos. Hay días en los que me siento fuerte, capaz de afrontar otra estimulación y de seguir luchando. Y otros en los que siento que ya no puedo soportar ni una decepción más. No escribo esto para que nadie me diga que tengo que ser positiva, que soy joven, que ya llegará o que por lo menos sé que puedo quedarme embarazada. Sé que muchas veces esas frases se dicen con buena intención, pero ahora mismo no me consuelan. Solo necesitaba contar lo que nos ha pasado y expresar lo sola, triste, enfadada y agotada que me siento a veces. Si alguna ha pasado por una pérdida después de una FIV, por una segunda estimulación tras obtener pocos blastocistos o por situaciones familiares parecidas, me gustaría mucho leeros. Porque hay momentos en los que siento que únicamente quienes han pasado por algo parecido pueden comprender lo que significa seguir luchando por ser madre mientras intentas aprender a vivir con la ausencia de un hijo. Gracias de corazón a quienes hayáis llegado hasta el final.