Cuando una mujer inicia un tratamiento de reproducción asistida, una de las preguntas más frecuentes es si será necesario realizar alguna intervención quirúrgica antes de buscar el embarazo. En muchos casos la respuesta es no, pero existen determinadas alteraciones del útero que pueden dificultar la implantación del embrión, aumentar el riesgo de aborto o disminuir las probabilidades de éxito de un tratamiento de fertilidad.
La buena noticia es que, cuando la cirugía está correctamente indicada, puede mejorar significativamente el pronóstico reproductivo. Sin embargo, no todas las alteraciones uterinas requieren una operación. Saber cuándo intervenir y cuándo no hacerlo es una de las decisiones más importantes en medicina reproductiva.
El útero: mucho más que un lugar donde crece el embarazo
El éxito de un tratamiento de fertilidad depende de numerosos factores: la calidad de los óvulos, la calidad del semen, el desarrollo del embrión y, por supuesto, el estado del útero.

Podemos imaginar el útero como el "hogar" donde el embrión debe implantarse y desarrollarse durante los meses de gestación. Aunque hoy disponemos de laboratorios capaces de seleccionar embriones con un elevado potencial de implantación, incluso el mejor embrión tendrá dificultades para implantarse si encuentra un entorno uterino desfavorable.
Por ello, antes de iniciar un tratamiento de reproducción asistida es fundamental realizar un estudio detallado de la cavidad uterina mediante ecografía transvaginal de alta resolución, ecografía tridimensional, resonancia magnética pélvica o histeroscopia, según las características de cada paciente.
El objetivo no es encontrar alteraciones "por si acaso", sino identificar aquellas que realmente puedan afectar al embarazo y cuya corrección haya demostrado un beneficio.
No todas las alteraciones necesitan cirugía
Uno de los mayores avances de la medicina reproductiva ha sido comprender que detectar una anomalía no significa automáticamente que deba operarse.
Hoy sabemos que la indicación quirúrgica debe ser individualizada y basarse tanto en la anatomía como en la historia clínica, la edad, los tratamientos previos y el tipo de alteración encontrada.
En otras palabras, el objetivo no es conseguir un útero "perfecto" desde el punto de vista ecográfico, sino un útero funcionalmente adecuado para lograr un embarazo.
Los pólipos endometriales: una de las indicaciones más frecuentes
Los pólipos endometriales son pequeños crecimientos de la mucosa que recubre el interior del útero.
Aunque muchos son completamente benignos y pueden pasar desapercibidos durante años, cuando ocupan la cavidad uterina pueden actuar como un obstáculo para la implantación del embrión o alterar la receptividad endometrial.
Diversos estudios han demostrado que la resección histeroscópica de pólipos sintomáticos o de gran tamaño puede mejorar las tasas de implantación y de embarazo, especialmente antes de un tratamiento de Fecundación In Vitro.

La intervención suele realizarse mediante histeroscopia, una técnica mínimamente invasiva que permite introducir una pequeña cámara a través del cuello uterino sin necesidad de realizar incisiones abdominales. En la mayoría de los casos, la recuperación es rápida y la paciente puede retomar su actividad habitual en pocos días.
Los miomas: no siempre hay que quitarlos
Los miomas son, probablemente, la alteración uterina que genera más dudas entre las pacientes.
Son tumores benignos formados por músculo uterino y aparecen en hasta un 70 % de las mujeres a lo largo de su vida. Sin embargo, no todos afectan a la fertilidad.
El aspecto más importante no solo es su tamaño, sino su localización.
Los miomas que deforman la cavidad uterina —conocidos como submucosos— sí se asocian con una disminución de las tasas de implantación y un mayor riesgo de aborto, por lo que habitualmente se recomienda su extirpación antes de un tratamiento reproductivo.
En cambio, los miomas situados en la parte externa del útero (subserosos) rara vez interfieren con la fertilidad y, salvo que provoquen dolor, sangrado importante o un crecimiento muy rápido, no requieren cirugía.
Los miomas intramurales, localizados dentro de la pared del útero, representan una situación intermedia. La decisión depende de su tamaño, de si deforman la cavidad uterina y de la historia reproductiva de la paciente. En muchos casos, es posible iniciar el tratamiento sin necesidad de operarlos.
Las malformaciones uterinas congénitas
Algunas mujeres nacen con alteraciones en la forma del útero, conocidas como malformaciones müllerianas. Entre ellas, el útero septo es la que tiene mayor repercusión sobre la fertilidad y el embarazo. En esta anomalía existe un tabique de tejido que divide parcial o totalmente la cavidad uterina.
Aunque muchas mujeres consiguen embarazarse de forma espontánea, el útero septo se ha relacionado con un mayor riesgo de abortos repetidos y complicaciones obstétricas.
La resección histeroscópica del tabique es una cirugía sencilla y, en mujeres cuidadosamente seleccionadas, puede mejorar el pronóstico reproductivo.
Otras malformaciones, como el útero bicorne o el útero arcuato, requieren una valoración mucho más individualizada.
Las adherencias uterinas y el síndrome de Asherman
Las adherencias intrauterinas aparecen cuando se forman bandas de tejido cicatricial dentro de la cavidad uterina.
Pueden desarrollarse tras legrados, infecciones, cirugías previas o complicaciones obstétricas y, dependiendo de su extensión, dificultar la implantación del embrión.
Cuando estas adherencias son importantes, la histeroscopia permite restaurar la anatomía de la cavidad y recuperar, al menos parcialmente, su funcionalidad.
En los casos más complejos, la cirugía suele complementarse con tratamientos hormonales y, en algunos centros especializados, con estrategias de medicina regenerativa destinadas a favorecer la recuperación del endometrio.
¿Y la adenomiosis o la endometriosis?
No todas las enfermedades uterinas se solucionan con una operación.
La adenomiosis, una enfermedad en la que el tejido endometrial invade la pared muscular del útero, puede afectar a la implantación y aumentar el riesgo de aborto. Sin embargo, la cirugía suele reservarse para casos muy seleccionados, basándose en la historia de la paciente y en función de la respuesta al tratamiento médico.
Algo similar ocurre con la endometriosis. Aunque determinadas pacientes pueden beneficiarse de una intervención quirúrgica, especialmente cuando existen endometriomas grandes o dolor intenso, hoy sabemos que operar de forma sistemática antes de una Fecundación In Vitro no siempre mejora las posibilidades de embarazo y, en algunos casos, puede reducir la reserva ovárica.
Por ello, la decisión debe individualizarse cuidadosamente.
La importancia de un diagnóstico de precisión
La medicina reproductiva ha evolucionado hacia un modelo en el que cada decisión se basa en la evidencia científica y en las características concretas de cada paciente.
Gracias a la ecografía tridimensional de alta resolución, la histeroscopia diagnóstica, la resonancia magnética y otras técnicas de imagen avanzadas, hoy es posible identificar con gran precisión qué alteraciones tienen un impacto real sobre la fertilidad y cuáles pueden manejarse de forma conservadora.
Este enfoque evita cirugías innecesarias y permite intervenir únicamente cuando existe una probabilidad razonable de mejorar el pronóstico reproductivo.
Una cirugía con un objetivo claro
La cirugía uterina no debe entenderse como un paso obligatorio dentro de un tratamiento de fertilidad, sino como una herramienta más al servicio de un objetivo muy concreto: ofrecer al embrión las mejores condiciones posibles para implantarse y desarrollarse.
Cuando está bien indicada y en manos expertas, puede aumentar las posibilidades de embarazo y reducir el riesgo de complicaciones.
En reproducción asistida, la experiencia ha demostrado que no siempre "hacer más" significa obtener mejores resultados. La clave está en personalizar cada tratamiento, valorar cuidadosamente los beneficios y los riesgos de cada intervención y diseñar una estrategia adaptada a las necesidades de cada mujer.
Porque el éxito de un tratamiento de fertilidad no depende únicamente de la tecnología disponible, sino de tomar la decisión adecuada en el momento adecuado y en las manos adecuadas.
