En reproducción asistida, el tipo de dieta y el exceso de grasa corporal no actúan como “un plus” opcional: influyen en la fisiología hormonal, en la respuesta a la medicación, en la calidad de óvulos/espermatozoides y en el entorno donde debe implantarse el embrión. Y eso puede reflejarse con distinta intensidad en cada técnica.
Inducción de la ovulación (coitos programados) e inseminación artificial (IA)
Cuando hay obesidad, es más frecuente encontrar resistencia a la insulina, hiperinsulinemia e inflamación de bajo grado, un contexto que favorece alteraciones de la ovulación (especialmente en SOP) y puede hacer que el ovario responda peor o de forma menos predecible a los fármacos.
En la práctica, a menudo se necesitan dosis más altas, puede haber más cancelaciones por respuesta insuficiente o excesiva, y la probabilidad de embarazo puede ser menor si no se corrigen los factores metabólicos de base.

Fecundación in vitro (FIV) / ICSI
Aquí el impacto puede verse en varios puntos:
- Estimulación ovárica: con obesidad alto suele requerirse más medicación y, en algunos casos, se obtiene menor número de ovocitos o una respuesta menos eficiente.
- Punción ovárica y anestesia: puede aumentar la complejidad técnica y el riesgo anestésico, por lo que algunas clínicas ponen límites de IMC por seguridad, no por “capricho”.
- Implantación y embarazo: el exceso de grasa se asocia a un endometrio más “inflamado” y a peor señalización metabólica; esto se ha relacionado con menores tasas de implantación y mayor riesgo de aborto, aunque la magnitud varía entre estudios y personas.
El papel de la dieta (más allá del peso)
No todo es la obesidad o el sobrepeso. Una dieta basada en patrón mediterráneo (verdura, fruta, legumbres, aceite de oliva, frutos secos, pescado, proteínas de calidad) y baja en ultraprocesados, azúcares y grasas trans favorece mejor control glucémico, menor estrés oxidativo y un mejor perfil inflamatorio, variables clave para ovulación, calidad ovocitaria, espermatogénesis y receptividad endometrial.
En hombres, además, el exceso de peso y una dieta pobre pueden afectar a la calidad seminal a través de hormonas, inflamación y estrés oxidativo.
Qué suele funcionar mejor en la práctica: priorizar mejoras sostenibles 8–12 semanas antes del tratamiento (dieta, movimiento, sueño, alcohol, tabaco), y si hay obesidad, buscar una pérdida de peso moderada (5–10%) cuando sea viable. Siempre individualizando: a veces conviene optimizar rápido sin retrasar la técnica si la edad o la reserva ovárica apremian.
