El hecho de que un blastocisto clasificado como A no haya implantado no significa que un blastocisto de categoría B tenga menos posibilidades de conseguir un embarazo. Aunque la calidad embrionaria es un factor importante, la implantación es un proceso complejo en el que intervienen múltiples factores. Por eso, en reproducción asistida hablamos siempre de probabilidades, y no de certezas absolutas.
Para que un embrión implante correctamente debe producirse una adecuada interacción entre el embrión y el útero materno. En este proceso pueden influir factores uterinos, endometriales, hormonales, inmunológicos y relacionados con la coagulación, además de aspectos vinculados al estilo de vida y a determinadas características individuales de cada paciente. Sin embargo, uno de los factores que actualmente recibe mayor importancia es el “factor embrionario”.
A primera vista, puede parecer lógico pensar que un embrión de mejor categoría, por ejemplo, un blastocisto A, tendrá necesariamente una mayor probabilidad de implantar que otro clasificado como B o C. Y, en términos generales, la clasificación embrionaria sí puede ayudarnos a estimar diferencias en el potencial de desarrollo. Sin embargo, esto no significa que un embrión A vaya a implantar con seguridad ni que un embrión B tenga pocas posibilidades de hacerlo.
De hecho, en la práctica clínica es perfectamente posible que un blastocisto de categoría B implante y dé lugar a un embarazo evolutivo después de que un blastocisto clasificado como A no lo haya conseguido. Esto puede resultar difícil de entender, especialmente cuando la clasificación se interpreta como una especie de «nota» absoluta. Pero la realidad es que la valoración embrionaria es una herramienta para ordenar probabilidades, no una prueba capaz de predecir con certeza el futuro de cada embrión.
Cuando los embriólogos clasifican un blastocisto como A, B o C, analizan diferentes características relacionadas principalmente con su morfología. Se valora, por ejemplo, el grado de expansión del blastocisto y el aspecto de sus distintas estructuras celulares. Estos parámetros permiten realizar una estimación de su potencial de desarrollo y, cuando existen varios embriones disponibles, ayudan a establecer un orden de prioridad para decidir cuál transferir primero.
En algunos laboratorios, además, se utiliza la tecnología time-lapse, un sistema que permite observar el desarrollo del embrión de forma continuada durante su cultivo, sin necesidad de sacarlo repetidamente del incubador. Gracias a esta tecnología es posible registrar diferentes acontecimientos del desarrollo embrionario, como los tiempos y determinados patrones de división celular. Esta información adicional, conocida como evaluación morfocinética, puede complementar la valoración realizada mediante la observación de la morfología.
En los últimos años también se han incorporado herramientas de análisis automatizado e inteligencia artificial como apoyo a la selección embrionaria. Un ejemplo es KIDScore, un sistema que utiliza determinados parámetros relacionados con el desarrollo embrionario para asignar una puntuación asociada a una probabilidad estadística de implantación. Sin embargo, es importante entender qué significa exactamente esta información: estas herramientas pueden ayudar a seleccionar y priorizar embriones, pero no pueden determinar con certeza cuál de ellos va a implantar.
Y esta es probablemente la idea más importante: un embrión de categoría A tiene una mayor prioridad de transferencia porque, según sus características observables, puede asociarse a un mejor pronóstico estadístico, pero no tiene garantizada la implantación. Del mismo modo, un blastocisto B no está descartado, ni es necesariamente un embrión con escasas posibilidades.
Cuando un embrión se considera adecuado para ser vitrificado y/o ser transferido, significa que presenta unas características compatibles con su utilización clínica. Por tanto, la existencia de un blastocisto B disponible puede representar una oportunidad real de conseguir un embarazo, incluso aunque un embrión previamente clasificado como A no haya implantado.

Además, los datos publicados por ASEBIR, procedentes de estudios multicéntricos sobre transferencias de blastocistos, sugieren que las diferencias entre determinadas categorías embrionarias pueden ser menores de lo que intuitivamente podríamos imaginar. Esto refuerza la importancia de no interpretar las letras de la clasificación como una garantía o como un pronóstico individual definitivo.
Por último, debemos recordar que lo que observamos al microscopio es solo una parte de la historia. La morfología y la morfocinética aportan información muy valiosa, pero cada embrión posee unas características biológicas y genéticas propias que no siempre pueden conocerse únicamente mediante su aspecto o su ritmo de desarrollo. Por esta razón, incluso dos embriones con una clasificación idéntica pueden tener comportamientos diferentes.
En definitiva, si tu primera transferencia con un blastocisto A no ha conseguido implantar, sí, un blastocisto B puede implantar y dar lugar a un embarazo evolutivo. El resultado de una transferencia previa no determina por sí solo el destino del siguiente embrión. Cada transferencia representa una nueva oportunidad y debe valorarse dentro del contexto clínico global de cada paciente, teniendo en cuenta la calidad embrionaria, las características del útero y del endometrio y el resto de los factores que pueden influir en la implantación. En reproducción asistida, una clasificación embrionaria nos ayuda a estimar probabilidades, pero el resultado final sigue dependiendo de una compleja interacción biológica que, hoy en día, todavía no podemos predecir con absoluta certeza.
